Es cuando empiezas a sentir que ya no puedes controlar tu vida, es cuando todo lo que deseas se escapa del alcance de tus manos para ponerse, aunque solo sea, un poco más allá. Es ése momento en el que te das cuenta que tus objetivos están tan lejos que no puedes ni verlos en el horizonte... Y entonces llega:
¿Qué demonios estoy haciendo con mi vida, tío?
Aparecen las ganas a causa de una depresión, la ilusión por luchar para llegar a su lado, la fuerza interior que no sabías que existía, el crecer como una ecuación exponencial y llorar el tiempo perdido por no poder haber renacido como tu verdadero yo.
Y saber qué, cada fallo a partir de ahora duele más, la herida se hace más profunda aunque esté cicatrizada, el peso se duplica y los pies apenas pueden arrastrarse. Recordar el pasado como pequeños fotogramas que se clavan como navajas en la blanda piel y querer borrarlo todo con un par de golpes en el aire. Que vengan las musas y que las rompan los demás con sus desformados comentarios acerca del alter ego que siguen conociendo.
Solo entonces, te das cuenta que quieres volver a luchar.
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